sábado, 1 de noviembre de 2008
¿ Un principe?
Siempre me gustó creer en los cuentos de hadas, con sus princesas, sus príncipes y esos amores tan maravillosos. Creía en ellos, pero para los demás, alguien habría en el planeta que tuviese la suerte de que su vida resultase como esos bellos relatos. Para la mía, desde luego no. Lo tenía clarísimo, jamás tendría un príncipe azul, lo más que llegaban era a marrón y evitaré hacer el comentario de a que se parecía dicho color.
Así iba transcurriendo mi vida, unas veces más feliz otras menos, pero una vida bastante tranquila, dentro de lo que a mi entorno se le puede catalogar de tranquilo, claro está. Y un buen día, aun no se porque empecé a creer que tenía delante un príncipe. No era de los de esbelta figura y rostro varonil, pero yo lo encontraba lindo y cada día me gustaba más, tanto que para mi resultó ser el príncipe más hermoso de toda la creación(¡ válgame el cielo!). Estar cerca suyo era como estar en un palacio encantado, lleno de bailes y haditas revoloteando alrededor. Tal era la magnitud de aquellas sensaciones, que cuando me quise dar cuenta había bebido la pócima mágica del amor. Estaba totalmente perdida y enamorada de él. Creía a pies juntillas todo lo que aquel maravilloso príncipe me contaba, su triste vida, sus dolencias, sus desamores… me propuse ser la cura a todas sus penas. Uno de sus encantos era saber hacerme reir o quizás es que yo me sentía tan feliz a su lado, que todo me parecía divertido, lo cierto es que ansiaba el momento de ir corriendo a ese palacio que yo había creado para los dos ( y que cara pagué la subida del “Euribor”). Como en todo buen cuento de príncipes y princesas que se precie, un buen día se me declaró, si a eso se le puede llamar declaración, pero en fin… para mi lo era y como mi sueño se estaba cumpliendo, empecé a comprar todos los”muebles” y accesorios para nuestra futura vida en común. Llené el palacio de dulzura, ternura, frases de amor a todas horas y me empeciné en convencerle que no había príncipe más apuesto que él en ningún reino cercano. Tuvimos alguna desavenencia en este tiempo, porque lo cierto es que de vez en cuando lo veía más parecido a un plebeyo cualquiera, que al príncipe que me había robado el alma. Pero como estaba ciega y no veía más allá de lo que me decía, le creía, deseaba creerle.
Tanto fue la devoción que yo le tenía, que decidí contarle mi más preciado secreto, muerta de miedo, pensando que quizás podía perderle, pero tenía que arriesgarme…¿donde se había visto que una princesa no contase a su amado los más íntimos y oscuros huecos de su vida?( si me hubiese callado la boca, algo más habría ganado, ya veréis ya) Aquel pedazo de historia que tenía que contarle es parecido a como abrir un cinturón de castidad sin lastimarse, algo por el estilo y para situarlo mejor en el cuento de hadas.
Resultó que, mi príncipe, no solo dijo tener la llave de aquel cinturón, sino estar dispuesto a liberarme de él sin más. ¿Podeis imaginar la alegría que sentí? Era Él, el príncipe azul de los cuentos y era Mio, solo para mí( ja, ja, ja). Claro está, yo sabía de una bruja malvada que lo tenía casi prisionero en un castillo y debía andar con mucho tiento para que dicha bruja no sospechase, porque le había amenazado con una maldición horripilante si trataba de escapar de sus garras. ¡ Pobrecito!-me decía yo a mi misma- Y pobrecita de mí…
Durante muchas, semanas y meses fuimos del amor más maravilloso( siempre encerrados en el palacio que yo estaba construyendo) a múltiples disputas…Yo necesitaba darme una vuelta por los jardines de palacio, subida en su corcel y galopar a través del viento. ¿A que suena bonito? Pues en eso se quedaba, jamás consintió en llevarme a lomo de su caballo ni aunque fuera una vueltecita pequeña. Y de lo de la llave, ya ni hablemos, jamás se propuso probar si sabía como funcionaba, eso si, enseñarme que la tenía, lo hacía continuamente, mezclado con bellas palabras y innumerables escusas. Y yo…le creía, mi príncipe no podía ser como todos… él era especial y tenía un serio problema evitando la maldición de la diabólica bruja.
Pero aquel cinturón cada vez a mi se me hacia más irritante, deseaba quitármelo aunque fuese un momentito, resultó ser desesperante y por supuesto eso fue cayendo sobre nosotros. Yo trataba de mil maneras distintas de convencerlo, para mi era importante, era como la unión de nuestro amor, quería que me demostrase que no tenía miedo a hacerse daño al abrirlo, yo quería demostrale que no había nada que temer, solo tenía que dejarse llevar por su amor por mi(otra vez ja, ja y ja) y nada iba a pasar.
Siguieron pasando los días y a mi ya me envolvía la duda de si realmente me amaba tal y como decía o simplemente es que se sentía cómodo en el palacio. Mi sufrimiento fue en aumento, cada día me encontraba más triste e iba viendo con claridad lo que estaba sucediendo. No me quería, jamás lo había hecho, solo el confort de todas aquellas delicadezas que yo ponía a su paso, era lo que le ataban a mi, ni un solo sentimiento. Bueno uno si…un pavor horroroso a abrir aquel dichoso cinturón de castidad. No lo reconoció jamás, pero buscaba cientos y cientos de escusas para no encontrarse en la tesitura de tener que abrirlo, y por Dios que las encontró, muy a mi pesar.
Resultó que mi príncipe tenía que viajar a un reino lejano, por motivos de la corte. Yo creí, soñé en ese viaje junto a él, pero como siempre las cosas se dieron de la misma manera: yo no podía acompañarlo.
Sentí tanta rabia y tanto dolor, mis ojos empezaron a abrirse del todo. Vi todo el tiempo perdido, todas las mentiras dichas, todas mis frustraciones acumuladas, todas mis lagrimas y todos mis anelos tirados por tierra. ¿Y creeis que hizo algo al respecto? No, se subió en su caballo sin más, para partir lo más rápido posible, sin sentir el más mínimo dolor por dejarme allí. Así que cuando se disponía a marchar y con la apatía hacia mi persona que le caracterizaba se agachó levemente para darme un beso de despedida y en ese beso ocurrió… Como en todo buen cuento que se precie, pero este a la inversa, cuando besé al príncipe… se convirtió en Sapo… Y colorín colorado esta historia se a acabado.
PD: El palacio lo estoy desamueblando poco a poco, y aun de vez en cuando el sapo ronda por allí. Lo bueno es el haberlo reconicido como tal e ir dejándolo poco a poco en su charca.
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